Tengo una cuenta bancaria en mi estómago. Depósitos que engullo; recetas que me como con las manos sucias; silencios tragados con mantequilla y azúcar a primera hora del día; imágenes congeladas esperando en el fregadero para poderlas saborear; palabras fermentadas que degluto para no decirlas, monedas de chocolate instaladas en el intestino grueso; alfajores mordisqueados a escondidas, lágrimas de sal gorda que saboreo con la lengua escocida. Rosquillas de humo provocando retortijones. Digestión a plazo fijo. Intereses reinventados en la bolsa abdominal
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