lunes, 12 de octubre de 2009

El Abrigo


No puedo escribir sobre mí misma, porque no soy capaz: Ni siquiera tengo una lengua propia. Soy demasiado consciente de que, si lo intentara, el yo acerca del cual escribiría no sería el yo que soy. Y sin embargo me invento sin palabras día a día.
La noche no tenía nada de eso que se ve en grandes los escenarios con ostentosos elementos de tramoya, no había luna, mucho menos estrellas, ni olor a flores de esas que huelen cuando el sol se ha ido. Era una noche como todas en las que volvía a casa cargando una maleta enorme llena de vestuario que utilizaba en los ensayos de la compañía de teatro donde montaba una obra. Cansada de arrastrar ese peso decidí hacer un alto, me senté en una banca del parque, debajo de la farola que emitía una luz a punto de apagarse. Hacía un ruidito de insecto, me imaginé quedar a oscuras que en cualquier momento gracias al Gobierno Municipal.
Aproveché el momento para sacar un cigarrillo, mientras le daba unas fumadas sentí como el viento helado se me colaba entre la ropa , recordé que traía en la maleta un viejo abrigo de lana, sin más empecé a revolver entre las cosas, una peluca rubia cayó al suelo, había un par de zapatos viejos entre un gancho de ropa, el delantal de mucama francesa y las medias caladas negras que cada ensayo cubrían mis piernas. Encontré un sombrero de copa que me puse sin pensar, y luego saque el abrigo, al ponérmelo vi que tenía una mancha blanca de maquillaje en la manga. Agarré el gancho colgándolo de un tornillo saliente de la farola, me quité el abrigo y lo colgué, puse el sombrero encima y volví a la maleta buscando un pequeño cepillo quita polvo. La luz se hizo tenue después de un zumbido mas fuerte.
Metí el brazo por la manga del abrigo y empecé con la otra mano a dar cepilladas. Me di cuenta, sentí que estaba acompañada por ese personaje que se formaba entre sombrero y abrigo. Un ser de aire se movía con el ritmo del viento, empecé a moverme lento, bailábamos.
La manga cobró vida y me rodeó la cintura acercándome a ese pecho de aire, un escalofrío recorrió mi espalda al sentir su mano acariciar mi pelo. Dejé mi cabeza descansar sobre su solapa, sentí ganas de llorar cuando me abrazó suave. El cepillo cayó al suelo y abracé ese espacio.
- Quédate.. dije en voz baja como quien habla al oído
-bzzññ
La noche se quedó totalmente oscura

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